THE ASSEMBLY OF THE DEAD de Chet Williamson


LA COMUNIÓN DE LOS MUERTOS


El tipo era desmesuradamente gordo. Le recordó a Hutchinson el más hinchado de los cadáveres que había visto en el depósito el día anterior. Pero la sonrisa del hombre vivo era más ancha y su piel no se veía tan gris. Su reverencia fue más profunda de lo que Hutchinson pensó que podía permitirle su cintura. La guayabera que lucía era inmensa, bordada con sencillez. Bajo su manga, Hutchinson descubrió un reloj Seiko de oro que arrugaba la carne de la muñeca.
–¿Míster Hutchinson? –dijo el tipo. Su voz era suave y sorprendentemente agradable. Hutchinson asintió y el hombre prosiguió en castellano.
–¿Puedo hablar con usted un momento, en privado?
Hutchinson se volvió al joven de la embajada y al otro hombre más joven, con uniforme militar, y les pidió que se adelantaran.
–Hay algo, alguien que está usted buscando aquí –dijo el hombre a Hutchinson una vez que se quedaron solos.
–Así es.
–¿Un pariente?
–No, el pariente de un... –Hutchinson utilizó la palabra inglesa–...diputado.
–¿Sí?
–Alguien de mi distrito –explicó él, y el tipo asintió.
–Locke –dijo éste.
–Thomas Locke, sí.
–No ignora que ha muerto.
–Eso había oído.
–¿Quiere el cuerpo?
–Lo quiere su familia.
–Puedo conseguir el cuerpo del señor Locke para usted.
Hutchinson miró al hombre durante unos segundos antes de hablar.
–¿Está seguro?
–¿Qué insinúa?
–Así que es él.
El hombre se buscó en un bolsillo y extrajo un pequeño paquete envuelto en papel marrón atado con bramante. Era del tamaño de una novela gruesa.
–Tómelo, ya verá. Venga después a verme.
El hombre dio a Hutchinson las instrucciones y le dijo cuánto dinero tenía que llevar.
–Venga solo –dijo el hombre.
–¿Solo?
–Nadie le hará daño.
El hombre se volvió y se fue. Hutchinson se reunió con el joven diplomático y el soldado, y regresaron al hotel. El diplomático y él subieron a su habitación, y allí Hutchinson desenvolvió el paquete. Dentro había una bolsa de plástico que contenía un trozo de mano humana, pálido, casi blanco, con los dedos meñique y anular todavía unidos. El diplomático se puso lívido. La cara de Hutchinson no varió.
Hutchinson extrajó de su cartera una hoja de papel brillante dividida en diez cuadrículas. En el centro de cada una había una huella dactilar. Manipuló el trozo de mano dentro de la bolsa de plástico hasta que estuvieron fuera las yemas de los dedos, sobresaliendo del cierre de cremallera. Levantó la mano hasta sus ojos. El diplomático apartó la mirada.
–Parece que coinciden –dijo Hutchinson finalmente.
–Casi... el reflejo exacto –dijo el diplomático.
–Sí. Aun así... No tengo una almohadilla, un tampón. Pero parecen iguales. Los primeros dos dedos de la mano izquierda.
–Enviaremos a alguien con usted.
–Él me dijo que fuera solo.
–Ellos no esperan que usted lo haga. Sólo lo dijeron.
–No, tengo que ir solo.
–No le dejaremos solo en esto –el diplomático hizo una pausa–. No es seguro para usted.
–No es para tanto –dijo Hutchinson.
  
(…)

© José L. Fernández Arellano, mayo 2007

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